Una carta de amor desde el más allá
Me hubiera gustado creer en algo y hacer hechizos juntas que cambiaran
el curso de nuestras vidas. Querer creer que podíamos controlar lo que pasaría después con solo desearlo.
Creernos jóvenes y brujas en
las noches de luna llena y sellar nuestro amor con un corte en el dedo del que
brotara tímidamente la sangre espesa.
Al menos, así sucedía en las películas
sobre chicas solitarias que veíamos abrazadas
bajo tu edredón. Eran las noches en las que tu madre dormía, tranquila,
pensando que cuchicheábamos sobre chicos.
La época en la que saber que la otra
estaba en el mundo era nuestra forma de ser felices. Un tiempo en el que aún no
sabíamos, no intuíamos que las cosas bonitas duraran tan poco.
Y, sin embargo, ¿acaso no viven las
rosas una única primavera? Nosotras lo aprendimos por la vía difícil.
¿Recuerdas
las cosas extrañas que pasaban a nuestro alrededor cuando estábamos juntas? Dejábamos las llaves, las gafas,
nuestros anillos sobre la mesa y aparecían en el cajón. Cerrábamos las ventanas,
salíamos de la habitación y, cuando volvíamos, estaban abiertas.
El día que te dije: “Elígeme a mí. Quédate conmigo”, un libro cayó
al suelo desde la estantería y tú lo interpretaste como una señal. Decidiste
que fuera una buena aunque a mí me sonó a violenta.
Tú eras mística, yo materialista. Tú creías en el alma y yo en el cuerpo. A mí me agobiaba pensar
que después de morir pudiera haber algo más. Sin embargo, a ti te provocaba
ansiedad pensar que no pudiera haberlo.
Ahora tengo todas las respuestas y reconozco que me equivocaba. Pero tú
también.
Me gustaría poder decírtelo. Poder
contarte que morir es como quedarse dormido. Pero no como
esas noches en las que te rindes exhausto a la vida sobre el colchón.
Morir es como echarse una siesta. Ese beso dulce que te recorre el cuerpo con la luz
intensa del mediodía y hace que tus sueños sean ligeros.
He viajado
en el tiempo y he vuelto a ver el día de mi muerte. Estoy en la cama de aquel hospital entubada y
calva. Mi madre sale de la habitación y cierro los ojos. Entonces estoy tumbada
en tu cama y tú duermes a mi lado.
He viajado en el tiempo y he visto a tu madre
parirte sin epidural y de pie como una hippie. Se agarraba a
una barra metálica mientras pedía a las enfermeras que la mataran. Y creo que
lo decía en serio.
Todo se
parece y se confunde. La
violencia con la alegría de venir al mundo. El dolor con la paz de dejarlo. Así
es estar vivo y así es estar muerto.
Tranquila, no soy un fantasma. Solo me he desbloqueado en el espacio-tiempo. ¿Cómo es que ninguna
religión lo vio venir?
A la nochevieja de 2015 ya
no le sigue 2016. Si giro a la derecha en la calle en la que vivo
aparezco en Nueva York. Tengo
cinco años y cuando me doy la vuelta ya me han crecido los
pechos.
He visto el pasado que no he vivido y
el futuro que no viviré. Pregúntame lo que quieras aunque es mejor que no lo
sepas.
Yo prefiero pasearme por los destellos que,
en vida, consiguieron hacerme sentir
viva.
De entre ellos, los que vivimos juntas
son mis favoritos. Nos veo una y otra vez. Te pido que te quedes conmigo y luego nos
besamos.
Ojalá pudiera hacerte saber que soy yo quien tira el libro
por accidente. No pretendo asustarnos pero todas aquellas cosas
sin explicación que nos pasaban, siempre soy yo misma.
Va a llegar el día en que tú también
lo descubras. He viajado y te he visto desbloquearte en el espacio-tiempo. Sin
embargo, nunca volveremos a estar juntas.
Pero no es trágico. Es el tiempo que
tuvimos de lo que se compone la eternidad. Así es el infinito. Un circuito
cerrado que se repite.
El día que nacemos.
El día que morimos.
El momento en el que nos besamos por
primera vez.
Está sucediendo todo en este mismo momento.
By María Prot

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